Esta manifestación no puede ser una más. Jesús Mª Gete Olarra (padre de la presa política Kristina Gete, encarcelada en Valencia).
A veces uno siente la triste impresión de la impotencia ante los permanentes ataques represivos que sufrimos una parte importante de la ciudadanía de este país.
La crueldad de la práctica de la tortura en toda su expresión expone sin lugar a equívocos que todavía hoy, existen responsables políticos de diversa naturaleza que sitúan entre otros métodos el ejercicio criminal de la tortura como un instrumento necesario en una estrategia de guerra, que responda a las demandas legítimas y mayoritarias de una sociedad que quiere vivir en libertad en su propio pueblo.
¿Cuántas y cuántos cientos de ciudadanas y ciudadanos vascos han sufrido y sufren directamente las consecuencias trágicas de un ejercicio premeditado de la tortura? ¿Cuántas y cuántos miles de ciudadanas y ciudadanos vascos, familiares y amigos de torturadas y torturados, hemos sufrido y sufrimos el hostigamiento permanente y expreso que acompaña a la práctica irracional de la tortura?
Es cierto que en Euskal Herria, cuando hablamos en diferentes ámbitos sobre las consecuencias perniciosas de la tortura, no podemos abstraer de nuestra mente la huella sangrante que nos han producido las pérdidas irreparables de ciudadanos y ciudadanas vascas que fallecieron en comisarías y cuarteles a manos de torturadores vinculados a los aparatos represivos de diferentes órganos institucionales, lo mismo nos ocurre con aquellas y aquellos que perdieron la vida en las cárceles y en las carreteras, fruto de una política penitenciaria que tiene como objetivo tortuoso el aniquilamiento y deterioro físico de las personas encarceladas.
Es conveniente recordar que la denominada «ley antiterrorista» que permite la incomunicación y ampara la impunidad policial, paraguas de cobertura a las prácticas furibundas que ejercen los torturadores, no sólo ha sido denunciada y rechazada por un sector concreto de esta sociedad, sino que expertos vinculados a organismos internacionales, profesionales de la información y responsables del ámbito político y social, también han denunciado desde dentro y fuera de Euskal Herria estos graves hechos que perturban la convivencia equilibrada del conjunto de la sociedad.
La tortura no es sólo el hecho de terror que puntualmente sufren en comisarías, cuarteles y cuartelillos las personas detenidas por las diferentes policías. La tortura afecta de manera permanente a las condiciones de vida y la dignidad de todas las prisioneras y prisioneros políticos vascos que transitan por las cárceles de exterminio de los Estados español y francés, sin olvidar tampoco a los cientos de ciudadanas y ciudadanos vascos que sufren la extensión de la tortura en sus lugares de exilio y deportación.
Los familiares y amigos de presas y presos políticos vascos también somos sistemáticamente torturados por un sistema penitenciario que atenta con saña a este importante colectivo de la ciudadanía vasca. ¿No somos torturados cuando se nos condena arbitrariamente a recorrer miles de kilómetros para estar unos minutos con nuestros allegados, con todos los riesgos y perjuicios de todo tipo que ello conlleva incluso la muerte? ¿No somos torturados cuando se nos imponen horarios, días y formas de visitas que muchos familiares no pueden cumplir por obligaciones laborales y estados delicados de salud? ¿No somos torturados y humillados cuando se nos cachea y se nos trata vejatoriamente para entrar a visitar a nuestros familiares? ¿No somos torturados cuando, sin previo aviso, se modifican las normas que regulan la entrada de enseres para uso personal de las presas y presos, prohibiendo además de manera expresa también la posibilidad de poder entrar juguetes didácticos para nuestros familiares de corta edad que viven con sus madres en la prisión? Excesivamente largo y cruel sería el relato que familiares y amigos podríamos exponer con todas las experiencias tortuosas que hemos vivido y a día de hoy seguimos viviendo.
Es raro encontrar en Euskal Herria alguna unidad familiar que en los últimos cuarenta años no se haya visto tocada directamente o en su entorno por algún hecho vinculado a la tortura. La respuesta contundente no se puede hacer esperar, y a pesar de que la sociedad vasca en general vive momentos interesantes de esperanza e ilusión (al igual que en el 98), la tortura se mantiene e incluso se acrecienta.
Hoy, día 11, tenemos una cita importante con el compromiso en Donostia. Esta manifestación contra la tortura y quienes la ejercitan y favorecen no debe resultar una más. Espero que ésta sea multitudinaria, pero sobre todo espero que todas y todos aquellos responsables políticos, sindicales y sociales de este país que dicen estar contra la práctica de la tortura, a favor de las libertades y por la defensa de los derechos humanos movilicen a sus bases sin cálculos de oportunismo político, porque las tremendas consecuencias que generan todas las expresiones de tortura así lo demandan.