Arzallus y la dispersión. José Fco. Aizpuru «Atxito».
Cuando tras las elecciones al Parlamento Vasco de 1986 el PSOE decidió su derecho a la Lehendakaritza, intuimos que el precio que habría de pagar nuestro pueblo sería alto. Tras rechazar las ofertas de EE y EA, decidieron pactar con PNV, obteniendo así la máxima rentabilidad a sus buenos resultados electorales. Supieron jugar sus cartas ante un nacionalismo de fuerte implantación, pero como siempre, dividido. Y así fue. La primera factura que los socialistas se cobraron fue la colaboración de Gobierno Vasco y los partidos que le apoyaban en las políticas de represión que se iban a aplicar contra los prisioneros vascos.

Es la razón por la que el PNV silenció, cuando no aplaudió, la dispersión. Justificando esta actitud leemos en la biografía de Arzallus: «No hay que confundir el fin inicial que persiguió esa política y el sentido que ha cobrado con el paso del tiempo. Ni la dispersión con el alejamiento. En un área de hora y media de carretera habría cárceles más que suficientes para conseguir lo primero, sin caer en lo segundo».
En apoyo a su postura, utiliza los mismos argumentos que los mandamases de PP y PSOE: «No fue una política destinada a castigarlos, sino a liberarlos de la tutela de sus jefes». Y termina diciéndonos que luego el plan se vino abajo (1991) y la dispersión se concibió como un mecanismo de represalia para los presos y sus familiares, pero que inicialmente fue todo lo contrario.
En resumen, nos dice que hubo dos dispersiones: la primera, la buena, en la que él y los suyos participaron activamente; y la segunda, la mala, que supuso un castigo suplementario para presos y familiares.
Mis puntualizaciones. En primer lugar, la dispersión supuso desde el inicio mismo alejamiento de los prisioneros vascos a las cárceles más alejadas de Euskal Herria, incluso a las islas canarias, y ni tú ni tu partido hicisteis nada por evitarlo, y menos denunciarlo.
En ningún momento dejaron tus socios de aplicar tormento a los prisioneros. Se produjeron los primeros suicidios, y tú callabas; las muertes y heridos consecuencia de esa política de alejamiento no han merecido una nota de queja o repulsa por vuestra parte.
Es difícil comprender vuestra postura y máxime en casos tan delicados como el que tratamos. Difícil que por una lehendakaritza se acepte someter a parte de tu pueblo a las más graves sevicias. Y menos aún, como leemos en tu libro, aceptarlas como buenas.
Ahora habéis tenido la ocasión de uniros al grupo de partidos y asociaciones que han decidido asumir el compromiso para denunciar con firmeza los despropósitos y castigos que se imponen a estas personas presas y a sus familiares, pero tampoco.
No me cabe duda de que algún día diréis lo que habéis hecho por el bien de los así represaliados. Así escribís vuestra historia.