Nuestro corazón prisionero. Joxe Mari Olarra Agiriano (militante de la izquierda abertzale).
Al igual que una mentira repetida puede llegar a presentarse como verdad, las situaciones injustas, dolorosas y trágicas, cuando se prolongan en el tiempo, acaban perdiendo su dramatismo hasta alcanzar la perversión de la costumbre. Es como si el dolor sostenido insensibilizara al extremo de asumir con naturalidad lo que debiera en principio ser inasumible.

Euskal Herria es un país que tiene más de un prisionero político por cada 5.000 habitantes, lo que según la estructura familiar de la sociedad vasca viene a suponer que de más o menos cada 1.350 familias, una tiene algún miembro encarcelado por luchar por los derechos nacionales y sociales del pueblo vasco. Y esto centrándose en los prisioneros, pues si ampliamos el espectro a los exiliados políticos, las cifras adquieren proporciones de escándalo en Europa e incluso en el mundo.
Todos conocemos a algún prisionero o sabemos de alguien que tiene relación con alguno. Esto que pudiera parecer una formidable plataforma de sensibilización respecto al problema, puede convertirse en un factor de desdramatización tal que algo tan sangrante se observe con naturalidad al ser socialmente asumido.
Cuando el problema está tan extendido, es tan público e incluso goza de tanto apoyo puede suceder que se diluya en lo general perdiéndose el concepto auténticamente dramático de la situación personal que sufren. Como si el filo del dolor dejara de cortar.
No hay lugar en el que no se cuelgue con anzuelo el emblema de la repatriación, la pancarta de la amnistía. Vemos la reivindicación en los acontecimientos deportivos, en las retransmisiones, en las calles. Sube a las montañas o baja a las profundidades marinas mientras nos hacemos fotos con la banderola en vacaciones.
Nos sentimos orgullosos de nuestros prisioneros, y ese orgullo con el que difundimos el mensaje solidario da muestras de la categoría moral de nuestro pueblo, de su altura humana y del agradecimiento humilde pero firme por el compromiso militante de quienes no pueden estar compartiendo sus días con nosotros.
Nuestra lucha a favor de los prisioneros políticos es más que un gesto de humana solidaridad; es el reconocimiento por haberlo dado todo por Euskal Herria y la libertad, por la soberanía de la nación vasca y su integridad territorial. Los frutos que algún día recogeremos serán los del árbol luminoso que sembraron con su compromiso militante quienes pusieron Euskal Herria por encima de su propia libertad, de su propia vida.
Esa pureza de vida y dignidad de quienes lo dan absolutamente todo a cambio de nada para que algún día podamos ver una nación libre y próspera necesita no sólo de nuestro reconocimiento sin mucho más. Es imprescindible que nuestro corazón prisionero, nuestros prisioneros se sientan arropados en estos momentos en los que, para tratar de humillar a Euskal Herria, arremeten contra ellos todos los imanes del integrismo nacionalista español.
Pero no podemos quedarnos en la reivindicación vacía. Hay que despertar, pues la situación en las cárceles se ha venido endureciendo en los últimos meses hasta cotas en las que la indignación debería haber hecho que se nos desbordara el vaso de la paciencia.
Es imprescindible acudir a la manifestación este sábado. Pero también lo es incrementar nuestra presión social y sumergirnos en lo que está ocurriendo en el interior de las prisiones cada día, conocer los atropellos que a diario se cometen, interesarnos personalmente por nuestros prisioneros. Tensar la cuerda. Porque forman parte de nuestra sociedad y de nuestro futuro.
Todos tenemos algún amigo o conocido preso, o sabemos de alguien que lo tiene. Es momento de mostrarles nuestro apoyo interesándonos por sus situaciones y acercándonos a ellos, a sus familiares y allegados, llevándoles hasta sus celdas nuestra mano amiga. Porque detalles que para nosotros son insignificantes para ellos puede ser todo un universo abierto; ellos nos pueden contar en primera persona qué es estar rodeado de muros de hormigón, qué es carecer de todo derecho.
¿Se nos ha ocurrido pensar qué supone estar durante años y años sin la mínima intimidad como para escribir una carta porque todas están intervenidas? O sólo poder escribir dos o tres cartas a la semana, no poder hablar por teléfono más que unos minutos con familiares directos y en español; que digan a qué amigos ver y cuáles son «no convenientes»; pasar veinte horas al día encerrado en pocos metros cuadrados y salir cuatro a caminar en un patio desierto; o que esas horas de patio sean sólo dos o ninguna; que nieguen medicinas o tratamientos; pasar más de dos decenios de la vida en una cárcel y que pidan prórroga; escuchar la radio o la televisión o ver un periódico y no leer más que insultos y mentiras miserables sobre los «privilegios» de los prisioneros de ETA...
Cuando dicen a su compañera o compañero que le quieren, alguien escucha o lee la carta; cuando hablan con sus hijos, hay alguien al acecho; cuando surgen problemas sentimentales, alguien escondido en las sombras lo sigue con atención morbosa; si muere un ser querido, los telegramas de condolencia se entregarán un mes más tarde... A cada momento hay alguien que cumplimenta un impreso: dónde está el vasco, con quién va, qué aspecto tiene, qué humor presenta...
Todo esto está ocurriendo ahora mismo en las prisiones. Esto y mucho más. Y lo pueden contar en primera persona sus protagonistas, eso que están dando su vida para que algún día Euskal Herria sea dueña de su futuro, para que todos seamos ciudadanos vascos libres.
Nuestros prisioneros nos necesitan. Ellos lo están dando todo por su pueblo y nos toca a nosotros arroparlos y defenderlos, llegar adonde ellos no pueden. La categoría de un pueblo se demuestra también en la defensa de sus represaliados. No podemos tolerar que nuestro corazón pierda ni un ápice de sensibilidad en este tema por mucho que lleve décadas sobre la mesa.
La situación de los prisioneros políticos vascos es gravísima y ellos nos necesitan. Euskal Herria necesita a sus prisioneros igual que necesita un futuro nuevo de democracia y paz. Es el mismo camino. En la lucha por los prisioneros políticos dignificamos la lucha del pueblo vasco por su libertad. Porque a lo largo de la Historia ha habido gente como ellos, ahora podemos seguir llamándonos con orgullo vascos.
En el poema de Lauaxeta “Espetxekuarena”, el carcelero le dice al preso que para disfrutar de la belleza del amanecer o del amor puede darle las llaves de la cárcel para que salga, pero que si es para luchar por la libertad de su pueblo jamás se abrirán las puertas de las prisiones. Setenta años después de que fueran escritos esos versos Euskal Herria sigue teniendo a sus mejores hijos e hijas prisioneros o perseguidos.
Los estados carceleros jamás abrirán las puertas de las prisiones a los vascos que luchan por la libertad de su patria. Todos nosotros tenemos las llaves de oro de sus celdas. Está en nuestro compromiso con los represaliados cambiar la última estrofa de la poesía de Lauaxeta y que la libertad de los prisioneros ilumine nuestra libertad como pueblo. Se lo debemos y nos necesitan. Por ellos, nuestro corazón prisionero.