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TORTURAREN KONTRAKO TALDEA

TORTURAREN KONTRAKO TALDEA

Grupo contra la tortura de Santurtzi (Euskal Herria).

Lunes, 12 de diciembre de 2005

El ex agente del Ministerio del Interior español y de los GAL que desapareció en el verano de 1998 simulando su muerte, Francisco Paesa Sánchez, localizado en París.

La revista Interviú localizó el pasado 28 de noviembre en París a Francisco Paesa Sánchez, ex agente del Ministerio del Interior español que desapareció en el verano de 1998.


Francisco Paesa Sánchez, de profesión espía (agente de Interior y de los GAL), estafador (banco de Guinea y dinero de Roldán), traficante de armas (Sokoa y otras operaciones), diplomático (embajador de Santo Tomé), banquero (banco Alpha), gigoló (amante de la princesa Dewi Sukarno), falsificador (papeles de Laos, pasaporte de Pascal Perez y su certificado de defunción) y muchas más actividades, nació el 27 de febrero de 1936 en el castizo barrio madrileño de Chamberí y desapareció (supuestamente) el 2 de julio de 1998 en Bangkok. Sus amigos siempre lo han conocido como Paco.

Guinea Ecuatorial.

A finales de los años sesenta Paesa conoció a Antonio García Trevijano, que por orden del presidente guineano Francisco Macías elaboró la constitución de aquel país. Con esa tarjeta de visita Paesa convenció al dictador guineano de que él era el hombre idóneo para dirigir el Banco Nacional de Guinea.Y poco después de su nombramiento, Paco Paesa se llevó el dinero que todavía quedaba en las pobres arcas del banco guineano y emprendió viaje a Suiza.

La banca de Ginebra.

Llegaron los años setenta y Paesa aterrizó en Ginebra. Allí, fundó varias empresas financieras, canalizó el flujo monetario de los emigrantes españoles en Suiza, se unió a un grupo de empresarios italianos y montó el Alpha Bank.

Durante ese tiempo vivió a todo tren, conoció a Dewi Sukarno, viuda de un dictador indonesio con la que mantuvo un intenso idilio y, finalmente, acabó en la cárcel acusado de estafa. Después, Paesa, tras una condena de 18 meses, se hizo espía y comenzó a trabajar para varios servicios de información.

Las armas de Sokoa.

Paesa siempre tuvo buenas relaciones con el poder y con la llegada de los socialistas a La Moncloa el espía estrechó lazos con el Ministerio del Interior y colaboró con Julián Sancristóbal, director de la Seguridad del Estado. En 1986 el 'súper agente Paco', que ya estaba introducido en el mundillo del tráfico de armas, vendió como señuelo a ETA unos lanzamisiles dotados de sensores, que sirvieron para desmantelar la cooperativa Sokoa, donde los terroristas guardaban los archivos del impuesto revolucionario.

Presión a una testigo.

Tras el éxito de Sokoa, Paesa siguió trabajando para Interior. En noviembre de 1988 se prestó a presionar a una testigo de los GAL, Blanca Balsategui. Blanca era amiga de Michel Domínguez y de José Amedo y conocía sus actividades. Paesa intentó convencer a Blanca para que no declarara en la Audiencia Nacional, pero 'Diario 16' descubrió el caso y el espía huyó a Suiza.

En la capital helvética se agenció un pasaporte diplomático de Santo Tomé para evitar a la Justicia española y eludir su implicación en los GAL.

En este tiempo, el juez Garzón, instructor del "caso Amedo", dictó una orden de busca e ingreso en prisión contra Paesa y en agosto de 1989 se comprobó que vivía en Ginebra con inmunidad diplomática. Suiza lo expulsó y en octubre de 1991, Paesa se entregó en la Audiencia Nacional, donde declaró ante el juez Ismael Moreno. Finalmente, fue exculpado.

Roldán y Laos.

Y llegamos a los años noventa. En 1994 participó en la fuga más sonada del siglo, la de Luis Roldán. Paesa escondió a su amigo Luis en París y después negoció su vuelta a España. Por este trabajo y la falsificación de los papeles de Laos cobró 300 millones de pesetas del entonces ministro de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch.

El 25 de julio de 1995, fue detenido en Barajas, en virtud de la requisitoria dictada en 1989 por Garzón en relación con los GAL. Al día siguiente quedó en libertad porque la causa había sido sobreseída.

Dos años después, el 22 de septiembre, no acudió a la citación en el juicio del "caso Roldán", donde se investigó si los 1.500 millones de pesetas que Roldán tenía en Suiza tuvieron como destinatario a Paesa, y remitió al tribunal un certificado médico de París en el que se advertía de que padecía un "estado grave con riesgo suicida".

Finalmente, el 26 de febrero de 1998, la Audiencia de Madrid acordó investigar su participación en la ocultación del patrimonio de Roldán.

Unos meses después, en julio de 1998, Paesa volvió a Bangkok para montar su penúltima farsa: su muerte.

Prescripción del delito.

La causa abierta contra Paesa, investigado por esconder el patrimonio de Roldán, fue cerrada el 18 de marzo del 2004 por prescripción del delito, y anulada la orden de busca y captura que pesaba sobre él. Ese mismo año, en noviembre, el ex agente fue localizado en Luxemburgo, donde utilizaba un pasaporte argentino a nombre de Francisco Pando Sánchez.

La agencia de detectives que averiguó su paradero reveló que vivía en compañía de su sobrina Beatriz García y que ambos habían realizado una serie de operaciones financieras con países de Oriente Próximo en las que se extraviaron cerca de 20 millones de euros. Antes de su rocambolesca desaparición, el clan familiar trabajaba con varios países de la antigua URSS en la compra de armas y venta a terceros países.

En su última entrevista, el ex agente dice que vive en una «situación de huida permanente». Sobre la demanda del ex director de la Guardia Civil, que aún le reclama 1.500 millones de pesetas, Paesa asegura que «esto es mentira», ya que, según asegura, «le devolví todo el dinero a Roldán».

Su falsa muerte.

En cuanto a su falsa muerte en Bangkok, publicitada en 1998 en una esquela, Paesa asegura: «Fue una gran confusión de lo que tú llamas mi gente». «Mandaron un certificado de defunción a la Embajada española porque creían que estaba muerto. Me habían cosido a balazos en una encerrona en la capital tailandesa y me daban por desahuciado. Me daban por muerto, alguien se precipitó y montó el follón».

Alguna vez fue el espía más famoso del estado español.

Que participó en operaciones ilegales contra la ETA, entre otros casos. Cuando llegó el aviso de su muerte, en España se cerraron las causas en su contra y todo hubiera sido aceptado si los múltiples enemigos del inefable Paesa no hubieran contratado detectives privados para encontrarlo porque dudaban de su súbita muerte. Fueron ellos los que avisaron a Interviú, cuyo director viajó a París. Lo encontraron el 28 de noviembre en Montparnasse.

La carrera de Paesa había comenzado en los 60, cuando el presidente Francisco Macias lo nombró director de la banca nacional de Guinea Ecuatorial, un país rico en diamantes y petróleo. Pero Paesa vació los cofres del Banco Central y huyó a Suiza. Se convirtió en el amante de la viuda del presidente indonesio Sukarno —ella miembro del jet set— y vivió en medio del lujo. Lo detuvieron y pasó 18 meses en prisión por fraude.

Cuando lo liberaron pasó a ser el James Bond español. En 1982 se convirtió en la sombra del ministro del Interior. Después de un intento por presionar a un testigo del GAL —los escuadrones de la muerte organizados ilegalmente por el gobierno socialista para combatir a ETA—, volvió a huir a Suiza. Regresó a Francia en 1991 y le levantaron las acusaciones.

Entonces secuestró y escondió durante semanas a Luis Roldán, director de la Guardia Civil, implicado en los escándalos del GAL. Roldán le pidió que cuidara su patrimonio en Suiza pero años más tarde lo acusó de haberle robado el dinero.

En esta atmósfera se exilió en Tailandia, desde donde se anunció su muerte. Luego vivió en Argentina, donde consiguió un pasaporte con sus conexiones "socialistas", y en Londres, hasta llegar un año atrás a París.

"Yo le he devuelto todo el dinero a Roldán. Tengo los recibos y puedo demostrarlo", se defendió. Así explicó su "muerte". "Mandaron un certificado de defunción a la Embajada española porque creían que estaba muerto. Me habían cosido a balazos en una encerrona en la capital tailandesa y me daban por desahuciado. Me vi metido en un tiroteo en el que murieron 3 y otros 4 resultaron heridos" explicó, entre la ficción, el heroísmo y el ridículo. Paesa dice que los servicios secretos saben que él está en Francia y que no se esconde de nadie.

HOMBRE CON MUCHAS CARAS.

AMIGO DE DICTADORES.

El nombre de Francisco Paesa, nacido en 1936, empezó a trascender por su relación con el dictador guineano Francisco Macías. En Suiza, Paesa fundó varias empresas financieras. Numerosas denuncias por desfalco le llevaron a prisión en 1977. Su entonces compañera, Dewi Sukarno, le facilitó los 800.000 dólares de la fianza.

TRAFICANTE DE ARMAS.

En 1986, la Guardia Civil y la policía francesa descubrieron el zulo de ETA en la cooperativa Sokoa. Paesa propuso vender a los terroristas el misil dotado de un detector que los localizó.

VINCULADO A LOS GAL.

En 1988, fue acusado de colaborar con Interior para cambiar el testimonio de la compañera de José Amedo, acusado de montar los GAL. El juez Baltasar Garzón dictó una orden de busca y captura. En agosto de 1989, se comprobó que vivía en Ginebra con inmunidad diplomática.

LIGADO A ROLDAN.

En 1994, la Audiencia Nacional le vinculó al dinero sustraído por Luis Roldán. Paesa entregó al prófugo Roldán al entonces ministro Juan Alberto Belloch.

El James Bond español. Guillermo Busutil.

Los espías no mueren, sólo desaparecen. Una máxima, salida tal vez de alguna novela de Graham Greene o de Frederick Forsythe, que a lo largo de la historia ha contribuido a mantener viva la romántica mitología de los agentes secretos. Hombres y mujeres como Michael Goleniewski, Leopold Trepper, Anne Müller o Bienvenida Pérez, entre otros nombres que protagonizaron numerosos episodios de tráfico de información y la caída de aquellas figuras que se dejaron seducir o robar por las artes de su profesión. La cual, junto a sus vidas fronterizas, inspiró muchas páginas literarias y periodísticas hasta que un día cualquiera decidieron borrarse de la realidad de los otros. Y cuando eso sucede uno se pregunta entonces ¿a dónde van los espías?, ¿a las islas Canarias, a la Costa del Sol, a un paraje paradisíaco del Pacífico o acaso se van al cine? No olvidemos que el cine es el paraíso donde estos personajes siempre lucen hermosos, elegantes, canallas e inmortales. Igual que ocurre con James Bond y a quién, como buen espía, de vez en cuando le cambian el rostro y también las chicas que contribuyen a la fama de playboy de 007 y de la mayoría de los espías que, más tarde o temprano, se procuran un retiro de oro lejos de su pasado, de sus perseguidores y de su propia leyenda. Lo mismo que ansiaba Francisco Paesa `el Zorro´ después de una larga carrera durante la que fue, entre otras muchas cosas, amante de la bella Dewi Sukarno, viuda del dictador de Indonesia, traficante de armas, agente del servicio secreto español, cazador de Roldán y fiambre en una esquela de periódico de 1998. Un currículo que le hubiese bastado, a este tipo con aspecto de burócrata entallado en una gabardina negra y bajo un sombrero, para ser algún día el protagonista de una película española. Sin embargo, cuando la mayoría de los españoles se había olvidado de él y más cerca se encontraba de alcanzar el estatus de mito literario y cinematográfico, un periodista va a París, lo encuentra y encima tiene la suerte de que el espía le conceda una entrevista que debería haberse publicado en blanco y negro.
En este punto es cuando los escépticos se preguntan entonces si un verdadero espía se dejaría localizar, si los servicios de inteligencia franceses eran conscientes o hacían la vista gorda acerca de la existencia en París de Paesa, si el reportero que lo encontró tenía alguna pista veraz que le ha permitido rastrear sus pasos, si es que el plumilla esconde en su interior a un detective de tomo y lomo, si es que tiene mucha potra o si es que Paesa pretendía que lo encontrasen y terminar así con una vida errante, marcada por el constante miedo a que la muerte lo sorprenda en una esquina y tal vez por una precariedad económica que le impedía seguir siendo un muerto con buena vida. Preguntas que tal vez resuelva Paesa acudiendo a uno de esos programas rosas, a los que van actores y meretrices de seda y silicona a confesar agobios económicos y clandestinos amoríos, o publicando dentro de poco un best-sellers de bolsillo. Opciones que no evitarán que el espía madrileño se convierta en un tipo cansando, achacoso, humano y quién sabe si derrotado por su propio mito. En cualquier caso, la civilización del bienestar continuará cómodamente atrapada entre una realidad que tiene mucho de ficción y un modelo social que propicia que triunfen los falsos fantasmas, mientras que pierden los que lo han sido de verdad y con mucho arte.

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