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TORTURAREN KONTRAKO TALDEA

TORTURAREN KONTRAKO TALDEA

Grupo contra la tortura de Santurtzi (Euskal Herria).

Lunes, 21 de noviembre de 2005

Mikel Zabaltza: 20 días de desaparición y 20 años de ocultación.

El 25 de noviembre de 1985 Mikel Zabaltza fue visto vivo por última vez. En el cuartel Intxaurrondo se le oyó gritar y se vio una camilla. Luego, como había anunciado Barrionuevo, apareció... muerto en el Bidasoa. El sumario sigue abierto 20 años después: el último hilo del que tirar es una grabación en la que un agente admite que «se les ha ido la mano».


Han pasado 20 años, pero el «caso Zabaltza» está lejos de cerrarse. La persistencia del sumario abierto en la Audiencia de Donostia, con nuevos datos aparecidos en los últimos meses, supone la mejor constatación del fracaso de la versión oficial, que trató de presentar su muerte como un ahogamiento fortuito tras fugarse de la Guardia Civil.

El sentido común la echó abajo pronto entre la mayoría de la sociedad vasca. Y el tiempo ha ido acumulando indicios en los tribunales. Pero faltan pruebas, y, sobre todo, nombres a los que sentar en un banquillo.

La última pieza del puzzle apareció en diciembre del pasado año. Se trata de la grabación de una conversación mantenida poco después de los hechos por el coronel del Cesid Juan Alberto Perote y Pedro Gómez Nieto, agente del espionaje español en Intxaurrondo. La cinta está incluida en un trabajo videográfico elaborado por los periodistas Manuel Cerdán y Antonio Rubio para Antena 3, nunca emitido hasta el momento pero que está en manos de la actual instructora, Elena Rodríguez.

«Se les ha ido la mano».

Su contenido no puede ser más explícito. Cuando Perote pregunta a Gómez Nieto, que no sabía que estaba siendo grabado, qué ocurrió con Zabaltza, éste señala:«Se les ha ido la mano, se ha quedado en el interrogatorio (...) Nunca se va a poder descubrir de esa manera, nunca». Y cuando Perote insiste en «si murió en Intxaurrondo», se lo confirma: «Sí, posiblemente fue una parada cardíaca como consecuencia de la bolsa de plástico en la cabeza, ésa es mi impresión». Y añade otro dato del que ya dieron cuenta entonces sus allegados:«Decía el médico que Zabaltza estaba mal de salud, que debería haber tenido tres operaciones en el último año».

Antes de este hallazgo, existía únicamente una transcripción escrita de la conversación. La acusación necesitó un año para llegar hasta este vídeo, con mayor fuerza probatoria. En su día, Perote y Gómez Nieto ya declararon al respecto, pero podrían tener que pasar de nuevo por los tribunales. A la espera de que alguien quiera hablar, éste es de momento el último hilo del que tirar. Y eso que han pasado 20 años.

Antes, los mismos periodistas ya lograron un testimonio de otro ex guardia civil que sirvió en su día para reactivar el caso. Vicente Soria afirmó en una entrevista haber visto al joven de Orbaitzeta en un ascensor del cuartel de Intxaurrondo, vestido con un mono azul y empapado, y que junto a él se encontraba una persona que decía: «Se nos va, se nos muere».

Este testimonio fue recogido a finales de los años 90 por otro de los jueces por cuyas manos ha pasado este sumario:Augusto Maeso. En un auto dictado en mayo de 2000, dio cuerpo jurídico a la convicción general al señalar que «hay elementos que cuestionan la versión oficial», y apuntó la tesis de que Zabaltza murió en los interrogatorios (la sombra de la «bañera» ha planeado siempre) y fue lanzado después a las aguas del río Bidasoa.

Entre medio, el entonces ministro de Interior, José Barrionuevo, había dicho en el Congreso que «Zabaltza aparecerá o será encontrado». Así fue, por fin, el 15 de diciembre, tres semanas después de la desaparición. Todavía en 1999, en un artículo de prensa, Barrionuevo se aferraba a la tesis de que en los pulmones del joven fallecido se había encontrado agua del río;sin embargo, la investigación judicial ha acreditado en estos años, entre otras cosas, que en su cuerpo no había unas algas unicelulares denominadas diatomeas que sí estaban en el río y en la ropa. Es uno de los datos que evidencian que fue arrojado allí a posteriori.

Hay muchos más indicios:por ejemplo, la búsqueda infructuosa en ese mismo tramo del río, con buceadores incluidos, días antes de la aparición del cadáver. Ola inexistencia de un dispositivo policial de búsqueda tras la supuesta fuga. O la inverosimilitud de que un detenido, que además apenas sabía nadar, se lanzara al agua esposado. Aspectos todos ellos que afloraron en un lento goteo desde aquel 25 de noviembre de 1985 hasta el 15 de diciembre, y que sumieron a Euskal Herria en una intensa conmoción que explotó con el descubrimiento del cuerpo.

Todo empezó el 25 de noviembre. Un día antes, en Donostia se había producido un atentado mortal con tres muertos. Las FSE tenían prisa y acometieron una redada que se llevó por delante a Mikel Zabaltza (por entonces afincado en Altza y con- ductor de autobús urbano en Donostia), a su novia, Idoia Aierbe, y a otros familiares y amigos. Días después, un párrafo escueto recogía en ‘‘Egin’’ la versión oficial, la única existente: hablaba de que Zabaltza había logrado fugarse de sus captores, sin aportar mayores detalles. Luego añadieron que la huida se había producido en un túnel de Endarlatsa, cercano al río, al que decían que Zabaltza había llevado a tres agentes para mostrarles un «zulo».

El día 2 de diciembre, incluso el entonces gobernador civil en Gipuzkoa, Julen Elgorriaga, calificaba esta versión de «rocambolesca» y aparecía preocupado. Tres días después, el lehendakari, José Antonio Ardanza, se sumaba.

El día 6 Francisco Ríos, juez encargado de instruir la denuncia, lanzaba una pregunta a los medios: «¿Se puede nadar con las manos esposadas?». Los guardias civiles a los que acababa de interrogar no habían sabido precisar la hora exacta de la supuesta fuga, ni cómo Zabaltza podía haber cruzado el río en dirección a la muga, ni por qué no le dispararon...

«Gritos desgarradores».

Cumplidos los diez días desde la redada, Idoia Aierbe quedó en libertad (sin fianza siquiera, al igual que el resto de los detenidos). Su testimonio se convirtió en la pieza que terminaba de conformar la sospecha popular. No sólo todos relataron que habían sido torturados; poco después de su detención Aierbe había visto a Zabaltza con una bolsa en la cabeza, y después vio sacar a alguien en camilla del cuartel de Intxaurrondo. Otro de los detenidos, primo de Mikel, añadió que le había oído «vomitar, toser y gritar». Otro escuchó «unos gritos de hombre desgarradores, tremendos».

El juez mandó a los buzos a rastrear el Bidasoa. Lo hicieron durante cuatro días, sin resultados. Pero nada más dar por concluido el trabajo, un domingo de diciembre, la Guardia Civil notificó que el cuerpo había sido hallado en este mismo lugar. «Como anunció Barrionuevo, y en el lugar adecuado, apareció ayer el cuerpo sin vida de Mikel Zabaltza», tituló ‘‘Egin’’. Y en las calles vascas se dispararon la impotencia y la rabia.

Urralburu dijo a la familia que dimitiría si había torturas.

Dos décadas después, Itziar Zabaltza ha revelado a GARA un dato desconocido hasta la fecha: «Gabriel Urralburu, por entonces presidente del Gobierno navarro, se presentó en nuestra casa cuando mi hermano todavía estaba desaparecido. Y nos aseguró que si se probaba que había torturas, él dimitiría inmediatamente», relata. Nada de eso ocurrió; Urralburu llevaba entonces dos años en el poder, y se mantendría otros seis más. Itziar Zabaltza lo recuerda con amargura. Se declara dolida ante las autoridades que pudieron hacer algo y se desentendieron.

Itziar Zabaltza: «La presion social impidio que lo hicieran desaparecer».

Los Zabaltza componen una familia muy numerosa. Son ocho hermanos y hermanas. Desde aquel 25 de noviembre de 1985, en la casa natal de Orbaitzeta fueron uno menos, pero en cierto sentido puede decirse que también muchos más, porque toda Euskal Herria se estremeció en un abrazo solidario hacia las víctimas de aquel caso. Itziar Zabaltza siente todavía ese calor. Y despide la entrevista con ese mensaje: «Queremos contribuir a la verdad porque la verdad no es sólo de la familia, sino de todo el pueblo. Nosotros no nos queremos sentir aparte de todos los que han pasado por la misma situación. Este pueblo ha sido objeto de violencia en nombre de la ley, y eso debe reconocerse algún día».

Itziar agradece a los medios que se sigan interesando por el caso («el recuerdo de Miguel Mari, como le llamábamos en casa, no nos estorba nada, sino todo lo contrario, es un cariño que nos une muchísimo»). Y ese agradecimiento se traslada a todos los que salieron a la calle en esas tres semanas. Tiene claro que «si no fuera por eso, hubieran hecho desaparecer el cuerpo».

Aunque resulte dramático plantear esa hipótesis, eso fue lo que ocurrió un poco antes con Joxean Lasa y Joxi Zabala. Desde ese punto de vista, Itziar sostiene incluso que los Zabaltza «fuimos un poco privilegiados. Incluso José Antonio Ardanza o Imanol Murua se movieron, hicieron gestiones, pero encontraron una cerrazón total en los gobiernos civiles. Allí no sólo negaron todo, no sólo no nos dijeron la verdad, sino que trataron de apartarnos de ella de la mayor forma posible. Todas sus pruebas fueron dirigidas a ello».

La familia tuvo que pasar aquel suplicio de la desaparición durante 20 días. Pero hubo detalles añadidos que aparecen como especialmente dolorosos, aunque en las palabras de Itziar no aparezca el rencor, ni mucho menos. «Cuando mi madre fue a Intxaurrondo a pedir información sobre Miguel Mari, le mandaron a preguntar a ‘objetos perdidos’. Y recuerdo a un sargento de la Guardia Civil que nos decía que ‘está en el otro lado’», apuntando más allá del Bidasoa, en la cercana muga.

Aquellos primeros días no sólo fueron de incertidumbre total para la familia, sino también de preguntas que a estas alturas seguramente ya nadie responderá. Por ejemplo, la de por qué detuvieron a Mikel, sus hermanos, su novia y su primo, que sigue rondando en su cabeza: «Cuando se llevan a alguien detenido, se destroza a toda una familia. Nuestros padres nunca supieron nada más sobre su hijo, ni siquiera por qué se lo llevaron», lamenta.

Cuando todos los arrestados fueron saliendo de los calabozos, en ocasiones tras diez días de incomunicación, aportaron las pruebas contundentes de que en el cuartel de Intxaurrondo habían pasado un calvario de torturas, y la peor de las hipótesis fue tomando cuerpo. «La familia nunca perdió la esperanza de que mi hermano aparecería, así fue hasta el último minuto. Pero en el fondo sabíamos que no...», admite Itziar Zabaltza con una media sonrisa cargada de nostalgia.

¿Qué pasó dentro? Pocas dudas caben a estas alturas. En este sentido, «como familia nosotros estamos tranquilos. No nos atormentamos porque sabemos la verdad. No tenemos los detalles, pero sabemos la verdad. Sabemos que Miguel Mari fue detenido y que le dieron muerte bajo tortura», indica Itziar. Y cuando se le plantea si 20 años después aún se puede hacer algo para ayudar a cicatrizar esa herida, responde que «sí que echamos de menos que las autoridades políticas no hubieran puesto más voluntad. Ese es un dolor especial. Pero de los autores no esperamos nada, ni reconocimiento ni perdón».

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