Las vergüenzas de la République.
La denuncia del comisario europeo de Derechos Humanos no es novedosa ni ha sorprendido a las asociaciones que trabajan en este campo. Incluso los electos han calificado la situación de las cárceles del Estado francés de «humillante». Pero los respectivos gobiernos no han puesto los medios para remediarlo; eso sí, siguen vendiéndose como los guardianes de los derechos humanos del mundo mundial.

Hace tres semanas Alvaro Gil-Robles, comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, hacía público su informe tras la gira realizada por varias prisiones y centros de detención del Estado francés durante el pasado mes de setiembre.
Con estas visitas culminaba un tour un tanto peculiar efectuado por 32 estados europeos para conocer in situ y en directo la situación y condiciones de detención de las personas privadas de libertad. El veredicto respecto a las cárceles del Estado francés fue demoledor: son de lo peor que ha visto. En concreto, Gil-Robles calificaba de «horrorosos» los calabozos del Palacio de Justicia de París en los que se retiene a extranjeros en situación irregular:«En toda mi vida, salvo quizás en Moldavia, no he visto un centro peor que éste. Es espeluznante. La gente se amontona en el subsuelo, a dos niveles, sin aireación. En el segundo nivel no hay ni suelo;caminan sobre una rejilla por encima de los del primer nivel. Hay que cerrar ese lugar urgentemente».
Otro de los centros que ha horrorizado al comisario es la prisión Les Baumettes de Marsella, un lugar «repugnante» que, en su opinión, las obras previstas no lograrán mejorar: «Dudo mucho que aunque se inviertan miles de millones pueda nunca llegar a ser un lugar normal». Desde luego, no será José Ramon Naveiro quien le contradiga. Este ex preso político de Barakaldo, liberado el pasado mes de abril, conoce bien Les Baumettes. En su periplo por las prisiones francesas fue internado en cuatro ocasiones, aunque por periodos cortos. El más largo fue de cuatro meses. Aún hoy, cuando rememora el estado de esta maison d’arrêt marsellesa, «alucina».
PATIO-VERTEDERO
El incesante ruido y la extrema suciedad son, junto con el hacinamiento, lo que caracteriza el centro: «La suciedad es impresionante, increíble si no lo ves. El patio parece un vertedero. Los internos lanzan por cientos las bandejas de la comida que es malísima desde las ventanas de las celdas al patio. Son los presos los encargados de la limpieza, pero dura lo que dura, o sea, hasta la próxima comida. Durante las horas de patio tienes que andar sorteando bandejas y restos de comida, sobre todo los sábados y domingos porque esos días no se limpia el patio», relata el barakaldarra.
Salvo el módulo D, los tres restantes son edificios muy vetustos. Las evacuaciones de agua son muy deficientes. Por ejemplo, las duchas, que pese al clima caluroso no son muy frecuentes, están permanentemente inundadas porque las evacuaciones no tragan el agua.
Naveiro no encuentra palabras para describir el estado de las celdas, «en las que te dejas manos y dedos a base de darle a la lejía cuando llegas para poder adecentarla un poco».
Curiosamente, no hay ratas... porque hay un montón de gatos. El régimen interno tampoco es tan estricto como en otros centros que ha conocido: «Como hay tanta gente y tan hacinada, la mayoría muy jóvenes, el griterío es constante. Con estas condiciones de vida, los funcionarios tampoco aprietan demasiado. Son conscientes de que la cárcel es una olla exprés que puede estallar en cualquier momento si presionan mucho».
Además de cárceles y centros de retención, Alvaro Gil-Robles ha inspeccionado otros lugares como calabozos de comisarías y hospitales siquiátricos. Exceptuando algunas «experiencias reconfortantes», como la del centro penitenciario abierto de Casabianda en Córcega o algunos centros educativos para «jóvenes delincuentes», el balance del comisario sigue siendo catastrófico.
Sin embargo, el informe de Gil-Robles no ha causado sorpresa en las múltiples asociaciones de derechos humanos que trabajan en el campo de las personas privadas de libertad y que llevan años denunciando públicamente la situación. Incluso la comisión de investigación que el propio Parlamento francés creó tras la publicación en el año 2000 de un libro por parte de la directora del servicio médico de la prisión parisina de La Santé calificaba de «humillante para la República» la situación de las cárceles francesas.
El presidente del Observatorio Internacional de Prisiones (OIP), Gabi Mouesca, que dará a conocer en los próximos días un nuevo informe sobre las condiciones de detención en el Estado francés, se muestra excéptico respecto al efecto de las «recomendaciones» que Gil-Robles ha anunciado para finales de noviembre:«Desde el año 2000, el Senado, la Asamblea Nacional, el CPT, el OIP y varias asociaciones de derechos humanos han subrayado la situación desastrosa de las cárceles, y la única solución de los sucesivos gobiernos es la de construir nuevas prisiones. Y ello cuando está archidemostrado que lo único que se consigue es acrecentar el número de plazas y, por ende, la población penitenciaria. Esa solución es una huida hacia adelante criminal e irresponsable».
ROMPER LA OPACIDAD
Mouesca manifiesta que llevan años militando para que determinados puestos clave como el del comisario para los Derechos Humanos tengan más poder y medios. Se queja, asimismo, de que no exista un orga- nismo independiente que controle las prisiones en el Estado francés:«Es absolutamente necesario crearlo para poner fin a la opacidad existente, ya que es lo que permite que se produzcan los abusos y violaciones de derechos».
En cuanto al trabajo que estas asociaciones realizan y que Gil-Robles elogió expresamente, el presidente del OIP afirma que, a pesar de la gran labor que llevan a cabo, no son del gusto del Estado, que a menudo recorta las subvenciones. Remarca, además, la aportación que realizan para mantener una cohesión social, pero sin obviar «que el Estado no puede escudarse en la buena voluntad de los ciudadanos que componen el tejido asociativo para huir de sus responsabilidades».
Quizás es eso lo que hizo Nicolas Sarkozy al aducir problemas de agenda para no recibir a Gil-Robles.«Ha sido el único ministro de Interior europeo que no me ha recibido», declaró el comisario.