Basta de cafés. Iñaki Lekuona.
Un señor explicaba en directo desde Palencia cómo fue agredido por varios agentes de policía cuando estos le conminaron a abandonar un bar.

Lo malo de estar en casa cuando se tienen vacaciones es que la holgazanería puede llevarle a uno a postrarse ante el televisor desde la mañanita. Y lo malo de postrarse ante el televisor desde la mañanita es ver espectáculos vergonzosos como el del otro día, ya no recuerdo cuál, en la Primera de la televisión pública española.
Un señor explicaba en directo desde Palencia cómo fue agredido por varios agentes de policía cuando estos le conminaron a abandonar un bar. Según su relato, como el camarero se negó a servirle un café y como también se opuso a facilitarle el libro de reclamaciones, decidió, alma cándida, llamar a la Policía. Los agentes, siempre según esta historia no contrastada, le dijeron que bueno, que abandonase el lugar y que pelillos a la mar. Debió de insistir el caballero, puesto que los funcionarios decidieron finalmente cambiarle el estatus de cliente por el de maleante, llevándoselo a comisaría no sé si por desorden público o simplemente por la cara.
Una vez allí, el trato debió de ser tan exquisito que el antes cliente y luego maleante pasó a ser paciente de un hospital donde le cosieron una frente abierta a la altura de la ceja siniestra, detalle que confirma la tendencia de las diestras fuerzas del orden por patear siempre las izquierdas. Anécdotas aparte, varias fotografías mostraban, en efecto, el alcance de las heridas y el subsiguiente trabajo de costura.
Pero, ¡ay! país panderetil, decimonónico y deslustrado donde los haya, el presentador del programa en cuestión, por cierto antiguo funcionario de las fuerzas del orden, obviando cualquier detalle sobre el infortunado paso de este ciudadano castellano por una comisaría española, le preguntó más o menos lo siguiente: «vamos a ver, vamos a ver, que aquí hay algo que no me cuadra, ¿por qué razón se negó el camarero a servirle a usted el café?».
En esta rentrée política en la que se habla con profusión de un proceso de paz del que los peatones no vemos ni la punta de un cabello, no estaría de más que aquellos que nos representan nos sirvieran de una puñetera vez un futuro de paz y de libertad, en lugar de preguntarse por qué se nos niega el café. Porque ya no hay malabarismos justificativos que valgan. Porque nos encontramos en un tiempo distinto de aquel del café para todos. Es tiempo de que todos se sienten alrededor de una mesa y respondan a la cuestión principal: qué se quiere aquí y ahora.