Víctimas ignoradas. Joxe Mari Olarra Agiriano - Militante abertzale.
Habría que sumar nada más y nada menos que 5.000 torturados y la galáctica cifra de más de 20.000 detenidos; por no referirse a los miles de exiliados y refugiados.

Siempre que comienzan a aflorar luces de esperanza, también empiezan a proliferar como el moho las miradas perversas, los enfoques distorsionados de una realidad que algunos se empeñan en retorcer para ajustarla a sus intereses partidarios. Esto es lo que está ocurriendo con el llamado «espejo irlandés».
Quienes llevan años despellejándose la lengua afirmando que no existe paralelismo alguno entre Irlanda y Euskal Herria, ahora, de pronto, no cesan en apelaciones a la izquierda abertzale, conminándola a que siga los pasos de sus homólogos en la isla celta. Lo que sucede es que en lugar de hacer una lectura global del proceso allá realizado, toman únicamente como referencia los concretos factores que sirven para alimentar su particular planteamiento de la realidad vasca y, de esa manera parcelando interesadamente las enseñanzas de los pasos dados en la isla, pretenden condicionar el escenario de movimientos de la izquierda abertzale. Si en lo general eso significa pervertir el valor de las enseñanzas que podemos sacar de la experiencia irlandesa, hay un tema en el que debemos detenernos particularmente por su importancia de cara al futuro. Se trata de las víctimas de la violencia de los estados, su reconocimiento, su papel en el proceso que vivimos y su reparación personal e histórica.
Desde medios de difusión de obediencia hispana, tertulianos y algunos políticos se está tratando de asentar una idea falsa de origen y especialmente dañina e incluso humillante. La idea parte de que la existencia en Irlanda del Norte de grupos paramilitares probritánicos hizo que hubiera una doble violencia, y, consiguientemente, que hubiera «víctimas de los dos lados». Por el contrario, en Euskal Herria la violencia sería «unidireccional», lo que habría provocado que todos los afectados por el conflicto fueran «de un lado». De ahí esa frase tan manida y empleada por el unionismo español de que «todos los muertos los hemos puesto nosotros» y «aquí no hay más asesinos que ellos».
Tal afirmación no sólo es mentira sino que supone un auténtico insulto, la humillación y el escarnio de las miles de víctimas que a lo largo de las últimas décadas ha provocado la violencia de sus estados.
No será la izquierda abertzale quien niegue la existencia de víctimas generadas por la lucha de la liberación nacional. A nadie se le escapa que todo conflicto político violento supone una extensión del sufrimiento humano que provoca afectados, heridos y muertos, algunos de forma directa y otros colateralmente. Pero la violencia en un contencioso armado no viene nunca de un único lado, es siempre multilateral y por ello las víctimas son inevitablemente de todas las partes que intervienen en el conflicto.
En la declaración de Anoeta del 14 de noviembre de 2004 se reconoce explícitamente a las «víctimas del otro lado». Así, si bien el movimiento independentista vasco ha reconocido a esas víctimas, no se puede decir lo mismo por parte del nacionalismo español, que a día de hoy sigue manteniendo lo inmaculado de su violencia contra Euskal Herria.
Mientras las víctimas de los estados no pidan más que justicia, los oficialmente reconocidos como «únicas víctimas» desde la mayoría de su constelación de asociaciones no sólo no reconocen a la otra parte, sino que incluso se afanan en mostrar cada día su cara rencorosa y vengativa. No hace falta buscar mucho de sus portavoces para documentar esta aseveración, valgan los permanentes posicionamientos y declaraciones contra los prisioneros políticos y su incesante reivindicación de endurecimiento de la política penitenciaria; y es que hay quienes no sólo niegan el sufrimiento ajeno sino que claman venganza para hacerlo más profundo. Quienes para hacer inmaculada su violencia recurren a que en Irlanda del Norte «mataban los dos lados» mientras en Euskal Herria lo ha hecho sólo el independentismo, esconden miserablemente las consecuencias dramáticas y dolorosas de su responsabilidad en este conflicto.
Siempre se alude a los muertos y heridos ocasionados por ETA, pero se oculta que durante el mismo período han sido asesinadas por la violencia hispano-francesa cerca de 400 personas, registrándose más de 3.000 heridos. Cuatro ciudadanos vascos fueron torturados hasta la muerte y diez prisioneros políticos fallecieron en sus celdas, además de quienes lo hicieron al poco de quedar en libertad al ser excarcelados por enfermedades terminales. A ellos habría que sumar nada más y nada menos que 5.000 torturados y la galáctica cifra de más de 20.000 detenidos; por no referirse a los miles de exiliados y refugiados.
En esta lista de horrores de la represión, crímenes que siguen impunes, no se puede pasar por alto que de las cerca de 400 víctimas mortales, prácticamente la mitad de ellos no tenían relación alguna con ETA pero fueron igualmente asesinados por los diferentes grupos parapoliciales o por mercenarios que han activado en territorio vasco y fuera, incluso en América.
Tampoco se pueden olvidar las violaciones de muchachas, algunas asesinadas posteriormente, los apaleamientos, violentos asaltos a institutos y facultades, los lemas y símbolos fascistas grabados a cuchillo en la carne de jóvenes abertzales, los obreros acribillados a tiros... todo ello y bastante más forma parte del sufrimiento generalizado por los estados. Son las víctimas ignoradas, las que no están en los documentos oficiales, las negadas y humilladas.
Y por si todas ellas fueran pocas, los cientos de familiares y amigos de prisioneros políticos vascos son víctimas directas cuya situación se renueva cada día puesto que la política penitenciaria les convierte en rehenes permanentes. Un prisionero no puede ver más allá de un muro que puede estar levantado en su tierra vasca o a mil kilómetros, pero su familia está sometida a un continuo castigo cobarde mediante el cual se pretende infligir el mayor sufrimiento a su allegado cautivo. La política penitenciaria es un imperdonable acto de venganza contra víctimas. No puede haber nada más miserable que descargar el odio sobre víctimas inocentes, y eso es precisamente la actual política penitenciaria. Sus apologetas lo son también de la venganza y el escarnio de las víctimas ignoradas.
La violencia de los estados contra Euskal Herria ha provocado miles de víctimas con quienes hay una deuda pendiente. Son víctimas ocultadas y despreciadas por los estados, víctimas que oficialmente no existen y hay que sacar a la luz y reivindicar. Todas estas víctimas son iguales y con la misma energía se debe defender su dignidad y su memoria. No se puede permitir bajo ningún concepto que intenten dejarles enterrados para siempre en las fosas de la ignominia y la vergüenza.
Los caminos que hoy estamos desbrozando lo son también gracias a todas esas personas que se convirtieron en víctimas de la violencia de estado en su combate contra Euskal Herria, su luz, su ejemplo, su dignidad también van iluminando el camino. Por eso desde la izquierda abertzale se renueva el compromiso de sacar a la luz su memoria, de reivindicar su recuerdo y de darles el reconocimiento y cariño que se merecen.
Hay una deuda con ellos que, además de lograr la democracia y la paz, será colocarles en el lugar más agradecido y entrañable del corazón de la nación vasca.