Andalucia: Vigilar a los vigilantes. IMANOL ZUBERO.
Lo mismo cabe decir en el caso de Juan Martínez Galdeano, muerto el pasado 24 de julio tras acudir al cuartel de la Guardia Civil en Roquetas para denunciar un confuso incidente de tráfico. Según el informe toxicológico, el fallecido había consumido cocaína y hachís; este hecho, unido a su corpulencia, se ha utilizado para justificar una paliza que deja pequeña a la sufrida por Rodney King a manos de policías de Los Ángeles.

Tengo un amigo que ha recorrido buena parte del mundo como marino mercante, lo que le ha permitido comprobar las diferencias que existen entre los países llamados desarrollados y aquellos otros a cuyo subdesarrollo tanto hemos contribuido. Fruto de esta experiencia ha extraído algunas conclusiones, una de las cuales puede formularse así: si aquí tienes un problema, puedes llamar a la policía; en cambio, si allí llamas a la policía, puedes acabar teniendo un problema. Siendo toda generalización una forma de falsificación de la realidad, las hay, sin embargo, que bosquejan con notable acierto los rasgos característicos de una época o de un lugar. Por eso, aunque la figura del policía que se ha pasado 'al otro lado', corrupto o inclinado a la violencia incontrolada, sea un icono de la cultura moderna, todo un género literario y cinematográfico, mientras su existencia en las sociedades menos desarrolladas es presentada como un dato más de su paisaje humano, casi una institución, cuando este personaje es representado en las sociedades democráticas lo hace siempre como anomalía.
Las fuerzas de seguridad son el brazo ejecutor de la violencia legítima, fundamento último del orden público. Pero esta violencia es legítima no en razón de quién la ejerza, sino de cómo la ejerza. Esta legitimidad se ha visto dramáticamente quebrada en el caso del joven brasileño a quien la policía mató en el metro de Londres. Lo mismo cabe decir en el caso de Juan Martínez Galdeano, muerto el pasado 24 de julio tras acudir al cuartel de la Guardia Civil en Roquetas para denunciar un confuso incidente de tráfico. Según el informe toxicológico, el fallecido había consumido cocaína y hachís; este hecho, unido a su corpulencia, se ha utilizado para justificar una paliza que deja pequeña a la sufrida por Rodney King a manos de policías de Los Ángeles. Afortunadamente, tanto aquel apaleamiento como éste de Roquetas, lo mismo que el tiroteo de Londres, fueron grabados sin que los agresores lo supieran o pudieran impedirlo.
No puedo evitar pensar que cuando las fuerzas de orden público deben atrapar una res huída (algo que ocurre con alguna frecuencia, especialmente en estas fechas en las que tantas localidades incluyen en sus festejos espectáculos taurinos) muestran una actitud mucho más precautoria que en el caso de Roquetas. Cuánto más sencillo sería acabar con el problema de la bestia fugitiva mediante el expeditivo método de descerrajarle tres tiros a las primeras de cambio evitando así, además de riesgos para la seguridad física de los agentes y los ciudadanos, esas cómicas escenas más propias de un espectáculo del bombero-torero. Pero no; éste es siempre el último recurso. ¿Por qué?
Tal vez porque la sensibilidad ante la violencia injustificada, activada cuando esta violencia es sometida al escrutinio público, se embota cuando los actos tienen lugar en escenarios cerrados. De ahí la necesidad de reducir al máximo, si es que no es posible eliminar absolutamente, esta opacidad.