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TORTURAREN KONTRAKO TALDEA

TORTURAREN KONTRAKO TALDEA

Grupo contra la tortura de Santurtzi (Euskal Herria).

Miércoles, 29 de junio de 2005

Torturas en la intifada saharaui.

Saqueos, golpes, violaciones y una larga lista de detenciones ilegales y torturas. Esta es la historia que se oculta a los observadores internacionales tras el muro del silencio de la última ‘intifada’ en El Aaiún. El objetivo del cerco informativo, roto por esta revista, es, según los saharauis, ganar tiempo para que los agredidos curen sus heridas y no puedan presentar pruebas ante los tribunales internacionales.


"Dieciséis personas se lanzaron sobre mí, me pegaron, me amordazaron en una furgoneta y me dieron patadas en la nuca, la espalda y la cabeza".

Salec sana sus heridas en el suelo, tendido en una alfombra. No puede moverse desde hace días. En su espalda lleva una leyenda de tortura escrita con el morado de la sangre. En su hombro, queda incluso el mordisco de uno de sus captores.

“Dieciséis personas se lanzaron sobre mí, me pegaron, me amordazaron en una furgoneta y me dieron patadas en la nuca, la espalda y la cabeza”, cuenta. Tras horas de tortura, la policía marroquí le abandonó a su suerte en el cauce de un río. Sin atención médica, sin denuncias y sobre todo, sin papeles de por medio.

Cientos de historias similares quedan como legado de las operaciones encargadas por el gobierno marroquí para mitigar la revuelta que estalló el pasado día 21 en El Aaiún. Durante una semana, las calles de la capital saharahui han sido escenario de la intifada contra la ocupación marroquí en el Sahara occidental.

Los enfrentamientos se saldaron, según los saharauis con torturas, detenciones ilegales, saqueos e incluso violaciones que Marruecos intenta ocultar a todo el mundo con su política de ocultismo. El reino alauí ha prohibido el acceso libre a la zona tanto a periodistas como a delegaciones internacionales, pero Interviú ha logrado romper el cerco de forma clandestina: “Lo que Marruecos quiere es que pase el tiempo para que los observadores internacionales no puedan ver las heridas en nuestros cuerpos, que son nuestra única prueba”, alerta Brahim Noumria, conocido activista saharaui.

Las historias sobre detenciones ilegales se suceden en cada manzana de El Aaiún, como ascuas capaces de encender de nuevo el fuego de la revuelta: “Me cogieron y me llevaron a uno de los cuarteles, en el que me interrogaron durante horas. Me vendaron los ojos y sentí como se orinaban sobre mí”, relata un menor en Mattala, una zona completamente tomada por el ejército marroquí.

Las asociaciones saharauis, perseguidas por Marruecos y relegadas a la clandestinidad, han documentado 101 detenciones ilegales en los siete días de intifada. “No me preguntaban nada, simplemente me pegaron. Qué me van a preguntar si aquí ya nos conocemos todos...”, dice Mohamed, con 15 puntos de sutura en la cabeza.

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